
¿Exceso de trabajo intelectual? Stress.
Hace tres días él escuchó esa voz por primera vez. Era mi voz llamando a la editora.
Ella no respondía y continuaba ensimismada en su lectura, entonces suavemente le dijo: te llama. - ¿Cuándo? dijo ella.
-Hace un momento te llamó ¿no la escuchaste?
-No. Se dirigió al primer piso ¿Deseas algo? preguntó.
-Respondí: No te he llamado.
-¡Lo ves! no me ha llamado, te has confundido.
A la mañana siguiente estando en el primer piso escuché su voz, la voz de siempre, algo infantil y muy dulce:
-Signora, Signora. Era la editora.
Me asomé respondiendo a su llamado. ¿Qué se te ofrece? pregunté.
-Respondió, nada, no te he llamado.
Regresé y recordé el episodio del día anterior. Menos mal que estás cosas no me incomodan pensé.
Hoy conversábamos de nuevo en el primer piso él y yo. Salió al balcón a tomar algo de sol y el perro corrió alegre a reunirse con él. De pronto lo escuché decir al perro, regresa que te está llamando. Yo no había emitido palabra alguna. Entonces le pregunté, ¿acaso me escuchaste? y me dijo sí, llamaste al perro y por eso le ordené que entrara. Le aclaré que yo no lo había hecho.
Ambos nos reímos y no quisimos darle importancia al asunto. Nuestras mentes racionales no pierden el tiempo con estas pequeñeces.
Por la tarde estaba yo en la planta baja muy tranquila dispuesta a la lectura, todo estaba listo, el café caliente y recién colado, el libro, los anteojos. El perro había tomado su lugar comódamente dispuesto a hacerme la mejor compañía. De pronto sonó el timbre y fui a ver quién era. Al no ver a nadie pregunté en voz alta ¿quién es? y no obtuve respuesta. Dí unos pasos para regresar pensando que algún chiquillo travieso a pesar de la lluvia se divertía tocando el timbre y escapando, pero oí voces y volví sobre mis pasos. Antes de proferir palabra alguna escuché mi propia voz diciendo ¿quién es? ¿quién es?